AMEMOS CON EL AMOR DE DIOS
Hoy,
Dios mismo, el Creador del Cielo y de la Tierra, nos dice: “Con amor eterno
te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia” (Jeremías 31:3)
Desde
la creación del mundo, Dios no ha cesado de mostrar Su amor hacia las personas
que ha creado, llegando a manifestarlo de la forma más increíble en la cruz.
Juan 3:16; (…) Porque de tal manera amó Dios al mundo,
que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se
pierda, más tenga vida eterna.
El
amor es la esencia de Su persona, la base de todos Sus pensamientos y de Su
Palabra. La Biblia contiene innumerables pasajes en los que el Señor declara Su
amor hacia Su pueblo Israel, y hacia nosotros. El amor es tan importante para
Dios, que la Biblia declara: “Y si tuviese profecía, y entendiese todos los
misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase
los montes, y no tengo amor, nada soy” (1 Corintios 13:2).
Amar
a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y todas nuestras
fuerzas, y amar a los demás como a nosotros mismos, es lo que nos hace sentir
realmente vivos en nuestro interior. ¡Hemos sido creados para llenarnos y
manifestar ese amor!
Cuando
nos llenamos continuamente de Su amor, somos capaces de amarle mejor a Él, y,
sobre todo, de amar mejor a los demás, aun a aquellas personas que son más
complicadas.
La
clave para traer el Cielo a la Tierra, por tanto, es: Amar con el amor de Dios.
Si
Dios nos manda que amemos a los demás, es porque es algo que no siempre hacemos
y que a veces nos cuesta. Sin embargo, el amor puede realmente cambiar el
mundo, y no solo el mundo (entorno) en el que vivimos, sino el mundo entero.
Si
nos sentimos incapaces de amar como Dios nos lo pide, pero desearíamos de todo
corazón poder hacerlo, aquí tenemos la clave: Sacar cada día amor del manantial
que nos dejó en nuestro corazón cuando recibimos a Cristo. ¡En esto consiste
ser un embajador del Cielo, en ser alguien que recibe el amor de Dios y lo
transmite a los demás!
Romanos 5:5; (…) y la esperanza
no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado (…).
Pablo
José Ramírez Hernández

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