El Cuerpo de Muerte. El pecado.


Para los que hemos estudiado formalmente la palabra de Dios, conocemos la epístola que el apóstol Pablo le escribió a los Romanos, como EL CORAZÓN de la Biblia. Es una epístola que trata sobre los siguientes aspectos teológicos:
1.     Expone las verdades fundamentales del evangelio.
2.     Explica que el problema del pecado, es universal y por eso la humanidad necesita justicia (justificación ante Dios el Padre), pues estando en pecado, desatan la ira de Dios.
3.      Explica que la respuesta para calmar la ira de Dios por el pecado, es Jesucristo, el único que nos justificó con su sacrificio en la cruz, ofrendando al Padre su sangre para el perdón de nuestros pecados.
4.     Explica que nadie se puede justificar ante Dios, con nada distinto a la justicia que le es otorgada al poner su fe en Jesucristo.
5.     Declara que aquellos que los que hemos sido transformados por Cristo, llevamos a la práctica esa justicia, el amor de Dios derramado en nuestros corazones, en todos los aspectos de nuestra vida social, civil y moral.



Yo he tenido un temperamento muy fuerte y fui en mi vida laboral muy exigente y fuerte en hacer cumplir las labores a los que trabajaron conmigo, como decía mi papá a sus once hijos en Cúcuta: “El trabajo se cumple llueva, truene o relampaguee”. Ese temperamento me causó muchos inconvenientes y problemas, pues pensando que era “frentero” (como nos justificamos muchos cucuteños), era más bien un grosero. Y sufrí mucho por eso. Me acuerdo que hace como 12 años, cuando mi hijo Pablo Enrique estudiaba en USA una especialización en Misiones,, (y quien desde hace 10 años es mi Pastor y consejero espiritual), yo lo llamaba a contarle mis embarradas y a pedirle orientación y consejo y siempre me recalcaba. “Papi, estudie y medite ROMANOS, sobre todo los capítulos 7 y 8. Sálgase de vivir bajo la ley y aprenda a vivir bajo la GRACIA y por Fe. Su solución es CRISTO, pero acepte su justificación, arrepiéntase, pida perdón y aléjese de la condenación”.

Hoy les quiero compartir en consecuencia, una meditación sobre el pecado y la solución al mismo. Aquí el apóstol Pablo nos detalla la condición espiritual en general del ser humano, pero, nos recuerda que tenemos solución para ello.

Romanos 7:7-25;
¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás. Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado está muerto. Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí. Y hallé que el mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte; porque el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató. De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno.
¿Luego lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? En ninguna manera; sino que el pecado, para mostrarse pecado, produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno, a fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso. Porque sabemos que la ley es espiritual; más yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí.
Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro.
Romanos 8:1-2
Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.

Analicemos estos versículos:

1.     Pablo se pregunta ¿La ley es pecado? En ningún sentido la ley puede ser estimada como pecado, la ley es dada por Dios y por lo tanto es santa. Sin embargo, la ley es el medio por el cual el pecado, o el impulso pecaminoso, se implanta en el ser humano, de dos maneras posibles:
a) La ley define el pecado. Sin una definición del pecado por medio de la ley nadie puede ser acusado de una falta. Por ejemplo, no sería una violación manejar en vía contraria si no existiera una ley que lo prohíba.
b) La ley hace el pecado más deseable. Normalmente a la gente le fascina lo prohibido.

2.    Pablo dice que el pecado se aprovechó del mandamiento para seducirlo y matarlo. ¿Cómo lo hizo?:
a) El pecado promete satisfacción.
b) El pecado nos engaña prometiendo una disculpa.
c) El pecado nos dice que no habrá consecuencias.
Sin embargo, el pecado solo produce cosas diferentes a estas.
Ejemplo: Infidelidad o fornicación: Un supuesto placer de la carne, termina en posibles enfermedades sexuales, la separación del hogar por divorcio y hasta la muerte. El ladrón vino a robar, matar y destruir.

3.     Pablo se pregunta ¿Entonces la ley produce muerte? La respuesta de nuevo es no, sino que el pecado muestra su terrible naturaleza al tomar la ley, que es santa, justa y buena, como instrumento para el mal. Así el impulso pecaminoso puede tomar algo bueno y convertirlo en objeto para el mal. Por Ejemplo:
a) Tomar la delicadeza del amor y convertirla en lujuria.
b) Convertir el deseo de libertad y prosperidad en una obsesión de dinero y poder.
Todo esto sucede para que sea manifiesto lo nefasto que es el pecado, porque puede tomar lo maravilloso, bueno y limpio para contaminarlo con su solo contacto.

4.     Atado a Un Cadáver o cuerpo de muerte
Desde los versículos 14 al 24 el apóstol nos habla de una experiencia que es común a todos los seres humanos. Pablo se declara un pecador incapaz de vencer sus propios impulsos. Un esclavo del pecado. Sabía lo prohibido, pero era incapaz de rechazarlo, también sabía lo que tenía que hacer pero le faltaba fuerza para ejecutarlo. Reconoce tener una doble personalidad que lo quería conducir a lados diferentes pero su concupiscencia lo llevaba cautivo a hacer finalmente lo que era incorrecto. Su exclamación final es desesperada:
¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? y nos  responde "Solo Cristo"

En la antigua Roma, en la época del apóstol Pablo,  existían dos formas de castigo muy severas para los condenados por rebeliones o asesinatos.
Una de ellas era la crucifixión, que consistía en clavar al inculpado a un madero comúnmente atravesando sus pies y sus manos con grandes clavos.
La otra, era exclusiva para los asesinos, los cuales en muchos casos, eran atados literalmente al cuerpo muerto de su víctima y obligados a permanecer así hasta que también morían por el efecto de la putrefacción del cadáver.
La carne podrida del cuerpo muerto comenzaba a corromper el cuerpo del prisionero con vida.  Inevitablemente, enfermedades e infecciones terribles producían una muerte lenta y dolorosa. 
El pecado es como ese cuerpo en descomposición pegado a nosotros y que nos contamina célula por célula hasta finalmente matarnos. Esto, según Pablo, es lo que el pecado le hace a una persona que no ha nacido de nuevo.  Se une a su víctima y contamina todo lo que toca. 
Sin la sangre de Jesucristo que limpia de todo pecado, todos estamos irremediablemente condenados por esta plaga de maldad.
Conocer lo que es el pecado y alejarnos de él son dos cosas muy diferentes.
Sabemos que el pecado nos vuelve infelices, pero nos preguntamos: “: ¿Quién nos librará de este pecado de muerte? Esto se puede comparar perfectamente con el médico que conoce con exactitud los estragos de una enfermedad, pero no sabe cómo curarla. El mal es a veces muy evidente ante nosotros, pero corregirlo y eliminarlo es algo que escapa de nuestro límite.

5.     Jesús, Única Solución Contra el Pecado
Pablo nos brinda una respuesta inmediata: ¡Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro! La solución no estaba en él. Solo el Señor Jesucristo ofrece no solo un diagnóstico de la enfermedad, él puede curarla
En los primeros versículos del capítulo 8, Pablo resume la conclusión de este pasaje:
8:1 Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
8:2 Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.

Jesús vino a darnos VIDA y VIDA en ABUNDANCIA. Su preciosa sangre nos limpia de todo pecado y nos permite dominar la carne.

Bendiciones. Recomiendo leer y releer la epístola a los Romanos, completa. Es maravillosa.

Pablo José

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